¿Sabéis esos momentos en los que
te paras a pensar, en todo y en todos, echas un vistazo atrás y realmente
asusta lo rápido y lo mucho que cambia todo a tu alrededor? Algunas veces duele
más y otras duele menos pero una vez que vuelves la vista atrás y recuperas
todos esos recuerdos encerrados, todo lo que te empeñaste en esconder en algún
rincón oscuro siguiendo adelante sin más, ya no puedes seguir como si nada.
Todas las mentiras, las falsas promesas, los fracasos, las lagrimas. Y diréis,
vaya idiota pesimista y deprimida que solo dice cosas malas, ¿no? Pero es que
es la verdad, somos así, cuanto más daño nos podamos causar, mejor. Si una cosa
es fácil, la convertimos en difícil y de lo difícil creamos imposibles. No diré
eso de que nada es imposible, menuda tontería, por supuesto que hay cosas
imposibles, pero no podemos hacer lo que tendemos a hacer, que es poner los
imposibles como escusa para no tener que afrontar aquello que nos asusta, para
no plantarle cara al miedo. Muchas oportunidades se pierden, muchos sueños se
rompen, los amigos se distancian y al final nada es lo mismo. Y ¿por qué? Por
miedo. Somos cobardes, cobardes por no perseguir lo que queremos por miedo a no
alcanzarlo, por dejar de lado nuestros sueños, nuestras ambiciones, nuestras metas
y propósitos. Y lo peor de todo es que después nos toca quedarnos solos con la
duda. Con una pregunta que no nos dejará: ¿Y si hubiese…?
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