El más preciado de los bienes, el único que
escapa por completo de nuestro control, no puede comprarse, no puede ganarse,
no puede borrarse. Es omnipotente y omnipresente, y no se detiene por nada ni
por nadie. Vivimos contando en silencio los segundos y minutos de cada uno de nuestros
días, conscientes de que el contador que pusimos en marcha al nacer no parará
hasta el final. Vivimos con miedo, un miedo latente pero poderoso, un monstruo
que amenaza con cobrar fuerza en cualquier momento. Pero el peligro no reside
en el tiempo en sí, sino en el efecto que causa en nosotros su falta.
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